domingo 24 de enero de 2010

Los días grises

Un relato un poco antiguo que tenía flotando en el ordenador:

***


El hombre está desnudo, sentado en su cama, y suspira.

La habitación ya no está tan oscura como hace media hora. Hebras de luz clara se filtran a través de las cortinas anunciando el nuevo día.

Se acostó hace cuatro horas, pero no ha pegado ojo. Le come por dentro una ansiedad silenciosa, un pesar secreto que le impide dormir y reír con ganas. No le quema, ni le causa dolor físico, pero, sencillamente, el mundo se le ha vuelto un poco más gris, y las noches se le han hecho mucho más largas.

Desnudo, sentado en la cama, apoyando sus codos sobre sus rodillas, suspira. Sus ojos miran, pero no ven, porque lleva horas mirando hacia adentro, recorriendo los senderos de su mente, incapaz de salir del pozo. Quizá ni siquiera lo intenta.

Algo se desliza detrás de él. Gira la cabeza y redescubre la silueta de una mujer dormida bajo las sábanas. Él alarga el brazo y recorre su piel con las yemas de los dedos. Con delicadeza, sigue las líneas de los músculos del cuello, hasta la base de la oreja. Pasa la mano sobre su pelo y le acaricia la cabeza. Ella, perezosa, abre los ojos y lo mira. Sonríe, y con gesto suave pone su mano sobre la de él. Se incorpora, lo abraza desde atrás. Le susurra palabras tiernas en el oído, y él, lentamente, vuelve a estirarse en la cama.

Él la mira con expresión tierna, pero con ojos muertos. Aún está inmerso en su purgatorio. Otro día más fuera del Paraíso, otra noche de horas lánguidas, de fingir corresponder el amor de otra. Asiste como espectador al contoneo de los amantes, y sólo una parte de él participa en el acto. La otra parte sigue anclada en otro lugar, en otra persona.

Ella yace tranquila. Es sábado y la habitación se baña en sol naciente. Para muchos, es el anuncio de nuevas esperanzas. Para él, es sólo el pomposo preludio de otro día gris. Y, desnudo, sentado en su cama, suspira.

martes 29 de diciembre de 2009

La Reina de Babilonia

¡Temblad, señores de Oriente!

Los ritmos festivos que tocan unos juglares acompañan mis versos obscenos. Estoy en la cima del mundo, sentada en el trono del Patriarca, bajo la bóveda de Santa Sofía. En el punto más sagrado de la casa de Dios, yo canto canciones de taberna mientras los soldados, cargados de cadenas de oro y joyas arrancadas de manos moribundas, tararean la música y siguen con los ojos el contoneo de mis senos desnudos.

Es el éxtasis de la victoria, el dulce néctar de los dioses. Nosotros somos dioses, por un día, que han descendido con la furia de los titanes sobre la Reina de las Ciudades. Yo, mancillando el sitial de la santidad, me yergo sobre los impíos como una diosa de Gomorra. Afuera, las calles de Constantinopla aún están repletas de cadáveres; hombres de armas, mercaderes, artesanos, mujeres, niños… nadie escapa a la ira de los cruzados, que zarparon de Venecia, la Serenísima, con la perspectiva de nuevas oportunidades; nuevas tierras que saquear, nuevos botines que prender, en el nombre de Cristo Nuestro Señor.

Aquí están los soldados de Dios, regocijándose de sus fechorías en los mármoles del templo más santo de Oriente, aún manchado por la sangre de los monjes y los refugiados. Algunos, incluso ahora, se entretienen en desvalijar los cadáveres de los hombres santos y los inocentes en busca de dinero, joyas escondidas o dientes de oro. Es el festín de los carroñeros; son los chacales de Occidente irrumpiendo en el palacio del emperador. Es el triunfo de los Hombres sobre Dios y todas las cosas bellas de este mundo.

Desde las alturas celestiales de la silla patriarcal, veo los mosaicos de pan de oro, los tapices de hilo y seda, los mármoles, los pilares imperturbables, los arcos por los que antaño se paseaba la más selecta nobleza del Imperio de los griegos, los mismos que ahora huyen en barco hacia Nicea o Trebisonda, o que yacen desangrándose en el piso de sus palacios de la Ciudad. ¡Temblad, cismáticos, herejes y sarracenos! ¡Temednos, buenos cristianos! Porque llega la era de los Impuros y los Desheredados, los que no respetan el orden del mundo que los llevó a la miseria, los hijos parricidas de Europa.

Me pongo en pie sobre el trono dorado, desnuda ante los ojos de Cristo y sus indignos hijos, y me corono a mí misma Reina de Babilonia. Ya vendrán los príncipes cruzados a repartirse tierras y títulos; ya florecerán las testas coronadas. Mi corona es la más auténtica de todas, porque es la corona del pesar y de la alegría, del desenfreno y el dolor. Es la Corona de los Hombres, que no pertenecen al orden de Dios, ni nunca lo han hecho. Y yo, hoy, en este crepúsculo adornado con sangre y fuego, soy la señora de sus deseos, y guío sus almas con mi cántico sacrílego.

¡Que tiemblen los ángeles y los dioses, pues los hombres nunca entrarán en vuestros reinos! ¡Esta noche, el mundo me pertenece!

sábado 5 de diciembre de 2009

El último poema


Dicen que el samurái quedó preso en el remordimiento cuando su señor fue asesinado. Al parecer, iban el señor y sus guerreros hacia un bosquecillo de caza cercano, cuando les atacaron los sicarios de un clan rival. El señor murió alcanzado por una flecha y sus soldados no pudieron defenderle. Los sicarios desaparecieron como la niebla cuando sale el sol.

Llevaron el cuerpo de su difunto señor de vuelta al castillo, y una vez allí, les cayó encima todo el peso del deshonor. El deber incumplido les hacía indignos del seguir el camino del guerrero. Les habían educado así. No cabía la deshonra en la vida de un samurái.

Así pues, cuentan que se reunieron todos, con sus allegados respectivos, para realizar el noble acto del seppuku, el suicidio ritual que limpiaría toda mácula en sus corazones. Uno a uno, se hundieron la hoja en el vientre, mientras el allegado les cortaba la cabeza para ahorrarles un dolor innecesario.

Nuestro samurái, sin embargo, quiso dejar constancia de su vida y sus sentimientos en un poema. Las letras siempre habían sido sencillas para él, y disfrutaba leyendo poesía tanto como creándola. Por esto, con el papel delante, comenzó a escribir la crónica de su alma.

Tardó semanas en concluir el poema, el más largo que había compuesto, según dicen. Pero no quedó contento. Los criados lo vieron arrojar el legajo al fuego y quedarse mirando cómo se consumían sus palabras. Pero no se dio por vencido, sino que volvió a enfrentarse al papel desnudo para plasmar sus desvelos. Esta vez, quiso dejar a un lado las trivialidades y los lirismos, y concentrarse en la esencia. Parece que tardó dos semanas en completar este poema.

De nuevo, quedó insatisfecho con su composición. Cuentan que la encontró demasiado recargada. Cuando mi madre, que sirvió en el castillo, le preguntó por qué quemaba sus poemas sin dejar que los leyera nadie, él respondió que todo lo que valía la pena de la vida podía contarse en los tres versos de un haiku, que la sencillez era el único destino de todo, y por eso su poema no podía ser más complejo ni más largo que eso. Con este ánimo se sentó ante una mesa, en el jardín, y allí se quedó, mirando el papel, sin escribir nada.

Allí estaba la última vez que fui al castillo, hace muchos años. Lo encontré bajo la sombra de los cerezos desnudos, ante su mesa, donde había una lámina de papel en blanco. Yo era joven, y me habían hablado del samurái y de su poema. Era como un cuento para nosotros. Me acerqué a él y le pregunté por qué no escribía lo que pensaba, sin más.

- Hay tanto que contar, pero todo es tan trivial, que tengo que distinguir la esencia. Y la esencia es tan perfecta -respondió-, que no sé ni con qué carácter empezar. Son mis últimas palabras, hija. No querrás que describa la vida en términos imperfectos...

Dicen que sigue allí, encorbado sobre la misma hoja de papel en blanco, con sus armas oxidadas por el desuso y la intemperie, aún sin saber cómo empezar su último poema.

jueves 26 de noviembre de 2009

Cielo rojo


El soldado miró al cielo, pero sólo vio rojo. No podía moverse. Veía la lluvia, pero no sentía las gotas sobre su cuerpo.

De repente, tuvo miedo.

martes 24 de noviembre de 2009

El buen príncipe


Era una noche de luz y alegría. A su alrededor, la gente danzaba entusiasmada. ¡El buen príncipe iba a casarse! Todo el mundo estaba excitado por conocer a la doncella que había logrado un hueco en el corazón del buen príncipe, que todos consideraban demasiado frío. ¿Quién era? ¿De qué familia provenía? ¿Era de la nobleza...? Estas preguntas se formularon cientos de veces, pero no hubo ninguna respuesta satisfactoria. El cotilleo, deporte propio de la Corte, tuvo especial protagonismo aquella noche.

El buen príncipe, sin embargo, no tenía el aspecto de alguien que va a presentar a su prometida al mundo. Algunos aventuraron que el príncipe no la quería, que lo hacía para hacer callar a sus reales padres, que le presionaban desde hacía años para que se casara con una dama de alta alcurnia, puesto que era su único hijo y heredero.

En parte, la historia comenzó de este modo. Harto de los comentarios de su madre, la reina, y de los sarcasmos de su real padre, tan prolífico en chistes sin gracia, el buen príncipe había decidido dejarse de sutilezas con las estrechas damiselas de la nobleza y convocar una gran fiesta en palacio, un baile donde estaban invitadas todas las doncellas casaderas del país.

- Pero hombre, Reinaldo, piensa un poco... -le apremiaba su real padre-, ¿qué vas a hacer? ¿Te vas a casar con la primera con que te encapriches esta noche? ¡Por Dios, no puedes casarte con cualquiera! No hay doncellas con edad de casar en las demás cortes, pero nuestra nobleza da hijas sanas y capaces... ¿o es esto una maniobra tuya, para darte notoriedad ahora que las canas campan a sus anchas por mi testa coronada?

Pero el buen príncipe no escuchaba a su padre. Como de pequeño, soñaba con caballeros y cruzadas, no con cañones y burocracia. Estaba cansado de la realeza y la política, y juró públicamente por Dios y por el futuro de la dinastía que se casaría aquella misma noche, cuando saliera el sol, con la damisela que hubiese elegido durante la gran fiesta.

La familia real se preocupó, desde luego, pero en parte suspiraron aliviados. Al menos, nuestro real hijo va a casarse, que ya le toca, se decían. Nunca había demostrado un gran interés por el sexo opuesto. Su madre se había llegado a preocupar por la falta de interacción del joven príncipe con las mujeres. El buen príncipe, sin embargo, supo tranquilizarla, de forma calculada, dejándose ver en compañía de algunas mozas de baja alcurnia. No es que se hubiese cambiado de acera, simplemente tenía poco interés en el sexo, y como no había conocido a muchas mujeres, tampoco codiciaba el amor.

Bajo la luz rutilante de los fuegos artificiales, envuelto en el movimiento y la frivolidad de los bailes cortesanos, viéndose reflejado en los mil espejos de la sala, el buen príncipe añoraba sus años de mocedad, cuando se dedicaba a cargar con caballos de humo contra enemigos invisibles, cuando se imaginaba a sí mismo liderando batallas gloriosas. Impermeable al gozo del resto de los presentes, que giraban y se enredaban en el espectáculo de la pompa y la hipocresía, el príncipe suspiraba de melancolía. Pero cuando conoció a aquella muchacha de baja cuna y noble corazón, todos los rastros de tristeza desaparecieron. Nació el amor por primera vez en el corazón del buen príncipe, y el reino se alegró de ello.

Pero el príncipe sabía que no podría casarse con una cualquiera, la hija menor de una familia venida a menos, de renombre deslucido y escudo de armas carcomido, que se dedicaba a la limpieza de la propia mansión, convertida en taberna, porque no había dinero para contratar doncellas de servicio. De modo que fue retrasando la presentación oficial de su prometida. Además, sentía que en el momento en que lo hiciera, la inocencia de aquella muchacha quedaría mancillada. Quería proteger el idilio semisecreto que habían mantenido hasta entonces. Ella no estaba demasiado cómoda con su nuevo estatus de princesa, y desde luego no codiciaba la fama de palacio.

Aquella noche, todos celebraban el enlace del príncioe menos el propio príncipe, que esperaba la llegada del carruaje. Cuando su futura esposa ya llegaba una hora tarde, empezó a inquietarse. Pero cuando se es príncipe, uno aprende a soportar largos bailes y tediosas recepciones con estoicismo, habilidad que comparte con los guardias de palacio. Así que, aunque la gente calificaría luego esta fiesta como "la mejor que nunca organizó la monarquía en nuestros tiempos", el buen príncipe simplemente puso su mejor cara, fue saludando a los invitados, bailó con algunas damas de la corte y reprimió su crecientr ansiedad.

El tiempo fue pasando, y la gente empezaba a preguntarse dónde estaba la princesa. Los primeros comentarios surgieron de forma espontánea. La palabra "calabazas" flotaba en el ambiente. El buen príncipe comenzaba a sentirse abochornado, y rehuía las miradas que, cada vez más, se clavaban en él, llenas de curiosidad y de lástima.

Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, y los invitados comenzaban a abadonar los jardines y los salones de palacio, llegó un carruaje. La forma le recordó al príncipe vagamente una calabaza. Se alzó de repente. "Ya está aquí", pensó. "¡Por fin!", exclamó todo el mundo. Era tal el alivio que sentía, que cualquier rastro de enfado hacia ella se borró en aquel instante. Se acercó a la puerta y la abrió suavemente. Su sorpresa fue mayúscula cuando de dentro salió un criado mal vestido con una nota. Ni rastro de la princesa. El buen príncipe tomó la carta y la abrió.

Querido Reinaldo;

Me temo que no estoy hecha para la vida en la Corte. Lamento haberte avergonzado delante de todo el reino, pero me pides que abandone todo lo que soy para convertirme en una pieza más del juego de palacio, y eso es algo que no haré ni por ti ni por nadie. Abandona tú tu corona, tus uniformes y tu etiqueta, y ven a vivir una vida sencilla conmigo.

Sé que es mezquino pedirte que abandones tu vida anterior porque no estoy cómoda en ella, pero ¿no lo es que me lo pidas tú a mi? ¿O diste por sentado que las luces y los bailes me enamorarían al instante? ¿Tan vana me crees? No tardes en elegir, porque no te esperaré siempre. No te culparé si eliges no abandonar tu vida de príncipe. Al fin y al cabo, yo no he abandonado mi vida en la taberna.

Mis mejores deseos,
Eloísa.

El buen príncipe cayó sobre la escalinata, abatido por el exceso de sinceridad de aquella carta. El criado lo miraba, inquisitivo. El príncipe, cuyo rostro expresaba sorpresa en todos sus músculos, negó con la cabeza. Casi ausente, trepó sin erguirse del todo por la escalinata, y se quedó tendido en el escalón más alto, viendo cómo se iba el carruaje en forma de calabaza. Calabzas me han dado, pensaba. Se descubrió imaginando la repercusión de aquella noche en su reputación, los titulares de prensa. Sentía el cosquilleo nervioso de la humillación.

De repente, sonrió. Fue una sonrisa triste, porque no expresaba felicidad. Qué ironía, pensaba. Quería casarse con Eloísa para desafiar aquella vida de la que escapaba en sus fantasías, y en cambio la muchacha le había mostrado cómo funcionaba su corazón en realidad. No abandonó el buen príncipe su vida en palacio, ni sus sueños de caballeros y cruzadas., ni su melancolía. Aquella mañana comprendió que, mal que le pesara, era hijo de la Corte y estaba hecho para reinar.

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lunes 16 de noviembre de 2009

Ulls grisos



La Pedrera quedava cada cop més enrere i els auriculars de l'MP3 vessaven la música dels Eagles a les meves orelles. Rere els vidres de l'autobús, amarats de falsa rosada, s'encenien els fanals, i Barcelona estava, com jo, trista i freda en un vespre de tardor.

Quan l'autobús va aturar-se, una alenada de vent àrtic em va dur l'atenció fins a les portes que s'obrien. Allà, un parell d'ulls, el parell d'ulls més bonic que he vis mai, em va capturar. Ulls grossos i lleugerament ametllats, ben col·locats en un rostre ple d'harmonia, ruboritzat pel fred dels carrers. Ulls que miraven amb la curiositat i la sorpresa que només pot correspondre a un turista.

No eren ulls verds, ni blaus, ni foscos, ni del color de la mel. Aquells ulls tenien un color ben estrany, que poques vegades he tingut el plaer de contemplar. Aquells ulls eren grisos, com el propi cel de Barcelona, encapotat per núvols de capvespre, però amb el sol darrere, donant lluïssor al conjunt, de tant clars com eren. La seva mida, que els més puristes titllarien d'exagerada, no feia res més que realçar-ne la importància, donant-los més protagonisme.

Vaig estar-me una bona estona mirant aquells ulls grisos, com seguien els edificis cèlebres del Passeig de Gràcia, com s'aturaven a les noves escultures de la Plaça Lesseps. La propietària d'aquells ulls no va tardar en atrapar-me, i, com un voltor, vaig desviar la vista cap a l'exterior. El sol havia trobat un forat entre els núvols i la serra de Collserola, i vessava foc sobre el barri de Gràcia.

Al cap de pocs segons, vaig tornar a fixar-me en aquells ulls grisos, encara presa del seu embruix. Vaig focalitzar els sentits fins a poder escoltar paraules en francès, dirigides a les seves acompanyants. La llum del sol ponent entrava per la finestra del bus, omplint aquells ulls de matissos i lluïssors, un espectacle de la natura. L'iris brillava com si es tractés de diamants i topazis guardats dins d'una esfera de cristall de Bohèmia, quasi bé amb llum pròpia. Aquells ulls grisos eren tresors de perles i denaris de plata al fons del mar, eren llànties sota la pluja, eren evocacions de l'oceà tempestuós, gris perquè el cel blau resta cobert rere els núvols amenaçadors.

I malgrat tots aquests adjectius carregants i temibles, els ulls grisos transmetien serenor. Podria haver-me passat hores contemplant-los, admirant la bellesa d'aquells ulls en harmonia amb un rostre bonic, de talla delicada i caràcter francès, coronats per un front ample i una mitja melena d'un coure lluent. Tota una oda a la natura i la seva capacitat creadora. La bellesa del mar i la pluja, el sentiment d'una tarda grisa davant la finestra de casa, la calidesa del vent de llevant a l'estiu, tot això, i més coses que les paraules no poden descriure, guardaven aquells ulls. De tant bonics, eren hipnòtics.

Van atrapar-me dues vegades més, amb mirades (segurament plenes de retret) directes que em deixaven embadalit durant uns pocs segons, i que m'obligaven a apartar la vista de nou. Malgrat tot, seguia sota l'efecte irresistible dels ulls grisos, que no es va trencar fins que el bus va aturar-se davant del Parc Güell. Com sempre, la majoria dels viatgers van arreplegar les seves motxilles i les càmeres digitals, i van sortir al carrer. La noia dels ulls grisos no va ser-ne una excepció.

Les portes es van tancar i vaig llançar-li un últim esguard, fins que va desaparèixer per sempre. Vaig mirar a l'infinit, i vaig pensar que aquells ulls podrien aturar una batalla, com les sabines posant pau entre els seus pares i els seus marits. Només llavors vaig adonar-me que la meva parada havia passat feia estona.

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lunes 12 de octubre de 2009

Sueños rotos y juventudes interrumpidas


Atemorizado, Federico se descubrió el rostro que cubría con las manos mugrientas. Las lágrimas se le agolpaban en sus ojos, prestas a salir pero tímidas de ser vistas entre el humo y el fuego. Miró hacia arriba, temeroso de lo que podría descubrir al hacerlo, pero apenas podía ver nada entre la humareda y el polvo. Sólo escuchaba un pitido doloroso y constante.

Se quedó allí tendido durante largo rato, al borde del cráter humeante que se iba llenando con el agua del Ebro, rodeado de carcasas vacías, sueños rotos y juventudes interrumpidas. No movió un músculo. Nada se movía a su alrededor, excepto unos pocos uniformes andantes que avanzaban vacilantes, agarrando el hierro de muerte con todas sus fuerzas. Sólo sombras en la lejanía, seres sin rostro. Sueños rotos, juventudes interrumpidas.

¿Cuánto tiempo pasó Federico tendido en los huertos de la Muerte? Para él, el mundo se había detenido. El tiempo había vuelto atrás, y su mente evocaba un rostro de mujer, de cabello oscuro y rizado, y ojos profundos como la selva tropical. Federico tomaba un café con unos amigos difusos, mientras ella cruzaba la calle de camino al colegio, dando color al mundo a su paso. Unos ojos verdes lo miraron durante un instante, un segundo que fue más que suficiente para él. En su mente quedaron grabados, para el resto de su vida, el contoneo de sus caderas, sus precoces formas de mujer, y aquellos ojos que le aprisionaron el alma, como un embrujo gitano.

El zumbido que atacaba sus tímpanos fue convirtiéndose en una melodía extrañamente familiar. Un ritmo en tres tiempos acompañado de violines y violonchelos, un vals que le llevó girando, abrazado a la mujer de ojos verdes, hasta un elegante salón de baile, donde decenas de almas embriagadas por la música danzaban al ritmo de la acompasada melodía, con los corazones volcados en sus parejas de baile. Para Federico, cada paso era una vereda abierta en la espesa jungla de sus ojos verdes, y cada vuelta era un escalón más hacia la cima del templo. Cuando los labios se unieron, un volcán en erupción prestó su estruendo a la sinfonía de los sentidos.

Los violines callaron, pero la música los acompañó mientras las llamas se cerraban a su alrededor, y él siguió el ritmo del vals mientras exploraba las cuevas donde el amor nunca había entrado, y ambos bailaban la danza de la vida, del fuego y el agua, mientras la luna regaba sus cuerpos con luz de plata.

Los estallidos y el olor de la guerra parecían lejanos, como un sueño, un mal sueño del que era difícil despertar. Ni el sol poniente, ni los gritos lejanos, ni los gemidos ahogados, ni las explosiones parecían reales. Sólo estaba el vals que Federico bailó aquel día en Viena, y los ojos verdes que se llevaron con ellos parte de su alma. Detrás del polvo y la sangre, Federico sólo veía la llanura húngara tendida ante el amanecer, las ventanas de un tren, los ojos verdes mirándole. La música le llevaba de imagen en imagen, pero él luchó por quedarse en aquel tren, camino de Estambul, sentado ante la mujer de sus sueños, la mujer de su vida. Pero como un río furioso, la memoria le llevó lejos de allí, y sólo pudo atesorar la estampa de ella sentada al lado de la ventana, con un libro abierto en el regazo, y el paisaje de Hungría volando tras el cristal.

El vals de la vida se volvió el vals de la muerte. Las notas sonaron más tristes, aunque la canción era la misma. Federico estaba sentado bajo una bóveda surcada de ventanales, con la mirada perdida y el corazón devastado. Ella aún bailaba el vals, pero él no podía seguirla. Había perdido su corazón entre los pliegues de las sábanas, creyendo que la vida podía ser sólo felicidad. El mundo se había encargado de recordarle las reglas del juego, y Federico, viendo danzar a los espectros, recordaba vagamente las noticias en los periódicos. Sólo cuando llovieron rosas de fuego sobre Guernica, despertó del sueño de su infancia, y descubrió una pesadilla peor que todo cuanto habría podido imaginar. Cada día danzaban más espectros en las catedrales, y más sueños quedaban huérfanos. El reino del metal se adueñó de los espíritus, y el corazón de Federico vagaba lúgubre por las calles desiertas. Cuando le reclutaron para el ejército, no protestó. Ya conocía el miedo y el horror. Cada noche, en el barracón, rodeado de rostros sin ojos, Federico recordaba a la muchacha de ojos verdes y pelo ensortijada, y las flores escarlata que crecían en sus muñecas, tiñiendo de rojo el baño, y los ojos verdes, anegados en lágrimas, secándose como un bosque bajo la nieve. El otoño caía sobre el alma desgarrada de Federico, ahora ya sólo la carcasa de un sueño roto, los despojos de una juventud interrumpida.

Las lágrimas creaban surcos en su cara ensuciada. El vals de la vida y la muerte fue callando, indolente. Federico intentó aferrarse a él, a los recuerdos. Pero no se puede vivir de recuerdos. Cuando miró al cielo vio las siluetas de las aves de acero surcando un azul sucio de humo y miseria, y se preguntó si ella seguiría esperándole en algún lugar para bailar un último vals. Ya no oía la música. Ya no le cegaba el polvo. El Ebro pasaba triste detrás de él y el frío reinaba en el campo de la muerte. Pensó en Viena y en Hungría, en la música y en los bosques, y deseó que ella le estuviese esperando, que bailasen el vals de la vida una vez más. Entonces la vio, suspendida en el azul manchado del cielo, y ella le ofreció la mano. Federico la tomó. Bailaba con ella de nuevo, girando sobre las riberas del Ebro, solos los dos, muertos desde el momento en que nacieron, soñando con sueños realizados y juventudes plenas, bailando una danza sin fin.

And you'll carry me down on your dancing
To the pools that you lift on your wrist

Oh my love, Oh my love
Take this waltz, take this waltz
It's yours now. It's all that there is...

- Leonard Cohen, basándose en un poema de Federico García Lorca